Mediación y Ontología del Lenguaje:
un modo de pensar la realidad

Autora: Lic. Sandra Munk

L@ Revista - Mediadores en Red – Año III – N ° 7 – Julio 2005


La Ontología es la ciencia que estudia al Ser 
en sus aspectos esenciales. La Ontología del 
Lenguaje, enfoca a la persona como “ser
lingüístico” con capacidad de comunicarse e 
interpretar la realidad en la que está inmerso.
Estudia la manera en que las personas se comunican a través del lenguaje, 
conversan, coordinan sus puntos de vista y alcanzan sus metas.

 

Cuando nos interrelacionamos con otras personas y con el mundo que nos rodea, partimos de un cierto modelo de realidad. Este modelo nos orienta en cómo observamos y en las conclusiones a las que llegamos. A partir del mismo, construimos y reconocemos significados, e interpretamos la realidad.

Autores como Paul Watzlawick y Gregory Bateson, entre otros, quienes se interesaron en estudiar el campo de la comunicación humana, concluyeron que las personas tendemos a guiarnos en nuestra relación con los otros y con el mundo que nos rodea a partir de ciertos supuestos, que tomamos como axiomas y damos por sentado que:

 

Ahora bien, aquí se abren una serie de interrogantes:

1. ¿qué pasa cuando las partes llegan a la mediación? 
2. ¿cómo juegan estos axiomas tan arraigados en nuestra cultura? 
3. ¿qué estamos diciendo cuando decimos que conocemos, que sabemos o que comprendemos?

Por lo general, cuando las partes llegan a la mediación, cada uno de los presentes piensa que su modo de percibir y relatar los sucesos es el acertado. Sin embargo, se encuentra sentado frente a otra persona que piensa exactamente lo mismo. Considera que “su” modo de percibir y relatar los sucesos es el adecuado, que “su” visión es la correcta, la que fielmente describe la realidad, y que si la otra parte no pensara y obrara como lo hace, no estarían en la situación en la que están.

Cada persona tiene una forma de pensar y de organizar sus percepciones. Esta forma de pensar conforma nuestra particular cosmovisión del mundo, relacionada con la propia escala de valores y metas. Los pensamientos se van coloreando a partir de experiencias previas, gustos adquiridos, preferencias afectivas y la emocionalidad que los acompaña. Estas experiencias ponen a nuestra disposición un repertorio de respuestas previamente construidas, a las que recurrimos para afrontar las distintas situaciones que debemos resolver. Acompañando estas modalidades personales, internalizamos una serie de “patrones fijos de respuestas” esperables en nuestro entorno social y cultural.

No nos olvidemos que nuestros valores y nuestros mapas mentales tienen un efecto silencioso y permanente en las decisiones que tomamos. ¿Qué nos pasa, entonces, cuando nos vemos confrontados con situaciones que cuestionan nuestro modo más íntimo de ver las cosas? Pensemos en un ejemplo al respecto: en el caso de una pareja que se divorcia y tiene hijos, por lo general es el hombre el que pasa una cuota de alimentos a la ex esposa. Ahora bien, ¿qué pasaría en el caso en que la mujer tuviese mayores ingresos, y decidieran, de común acuerdo, que ella fuese el sostén económico del hogar mientras que el padre se hiciera cargo de los hijos?

Es aquí en donde la Ontología del Lenguaje nos invita a reflexionar y a “tomar conciencia del observador que somos”, de nuestra representación personal de la realidad, ampliando nuestra mirada para percibir hechos que no estamos acostumbrados a distinguir y poder flexibilizar nuestras “certezas explicativas”. Parte de la siguiente idea:

Lo que conocemos del mundo no es el mundo en sí mismo sino lo que interpretamos de él. Esto no implica que el mundo no sea cognoscible, sino que nuestro conocimiento de él avanza en forma progresiva y se va complejizando y enriqueciendo constantemente” (Echeverría, 1994).

La intención del proceso de mediación es favorecer el diálogo, logrando que cada parte pueda considerar la perspectiva del otro y desde ahí evaluar si es o no posible compatibilizar intereses, co-construir acuerdos, o bien impactar sobre la forma en que la relación se conduce. La mediación encuentra su oportunidad de intervenir sobre el sistema de creencias y no sobre las acciones mismas, dado que el supuesto que nos guía en este punto es que estas últimas –las acciones– son el resultado de las concepciones en las cuales éstas se basan.
En este sentido, la Ontología del Lenguaje brinda una plataforma de apoyo para tomar conciencia del poder que tienen nuestras interpretaciones.

Tanto la mediación como la Ontología del Lenguaje se sitúan en el ámbito de la convivencia humana. Ambas guardan relación con la construcción de “nuevas modalidades de convivencia en un mundo globalizado” y posmoderno(1), que nos obliga a reformular la relación con el tiempo, con los otros y con el mundo que nos rodea a la que estamos acostumbrados.

Llegados a este punto, la Ontología del Lenguaje nos brinda otro de sus aportes: cuestiona la función del lenguaje como prioritariamente descriptivo, e introduce la idea de que a través del lenguaje creamos realidad. Habla entonces del “lenguaje generativo”. El lenguaje no sólo nos permite hablar del mundo que nos rodea, decir cómo son las cosas, sino que hace que las cosas sucedan. Cuando decimos “gracias”, “perdón”, “por favor”, “sí”, “no” o “basta” estamos interviniendo en el curso de los acontecimientos. Por ejemplo,

Gracias”: supone “el reconocimiento” de que el otro hizo algo por nosotros que necesitábamos, que nos benefició, y por lo tanto conlleva la acción de agradecer y el sentimiento de gratitud.

“Basta”: pone un límite, “no quiero más de esto”, “no estoy dispuesto a continuar de esta manera”. Reconozco y acepto mi sentimiento de insatisfacción y me predispongo a que algo que está pasando deje de pasar, a que haya un cambio.

”: “acepto”, “sigamos adelante”, abro la posibilidad de continuar y asumo la responsabilidad por el compromiso que asumí al decir sí.

Es a través del lenguaje que pongo en marcha una acción. Abro o cierro una posibilidad. Reconozco al otro en su necesidad. Agradezco o pido perdón. A partir de lo que se dijo o se calló, a partir de cómo escuchamos, vamos moldeando nuestra realidad futura en un sentido u otro. “Creamos realidad”.

La Ontología del Lenguaje, al interpretar a los seres humanos como “seres lingüísticos” y al lenguaje como “generativo”, nos hace tomar conciencia de que si bien nacemos sujetos a condicionamientos biológicos, históricos y sociales, también estamos dotados de la posibilidad de recrearnos en nuestra forma de ser, de dar sentido a lo que acontece a nuestro alrededor, a los sucesos y hechos en los que estamos inmersos. En este punto, nuevamente, la Ontología del Lenguaje y la mediación vuelven a cruzar caminos. Ambas conceptualizaciones nos devuelven el poder de ser protagonistas en las decisiones que nos atañen. Nos ponen en el camino de jugar un papel activo en el dominio de nuestras vidas y en el diseño de las conversaciones que queremos tener. En este marco, la concepción del lenguaje como generativo se convierte en una poderosa herramienta que nos permite recrearnos y desplegarnos en un mundo poblado de objetos, vínculos y acontecimientos(2).

Tanto la Ontología del Lenguaje como la mediación ensanchan las posibilidades de acción e intervención, muchas veces cerradas desde otras concepciones, trascendiendo el quedarse anclados en la disputa sobre la verdad de nuestras interpretaciones. A estos efectos, la Ontología del Lenguaje pone a nuestra disposición el diseño de distintos tipos de conversaciones que van más allá del intercambio de opiniones y puntos de vista, con los que por lo general estamos más comprometidos que con el cambio mismo: son aquellas conversaciones que nos sirven para abrir posibilidades y aquellas otras que nos permiten coordinar expectativas y acciones. La Ontología del Lenguaje nos brinda recursos para percibir el tipo de conversaciones en las que estamos inmersos y re-diseñarlas en la medida de la necesidad: así, esta conversación que estamos sosteniendo, ¿nos inmoviliza?, ¿nos ancla en el pasado?, ¿o bien nos permite el surgimiento de nuevas posibilidades que antes no estaban articuladas como tales?

Lingüistas como J. Austin y J. Searle -alrededor de la década del ‘60, época en la que empezó a haber un creciente interés por los aspectos pragmáticos de la comunicación- se interesaron por el estudio sistemático de las acciones que llevamos a cabo al usar las palabras. Distinguen que hay verbos que hablan del cambio, pero no lo producen: “siento que”, “pienso que”, “creo que”, entre otros. También hay expresiones que usamos diariamente, tales como “¡ojalá pudiera!”, “no va a servir”, “no tenemos suficiente dinero/recursos/ tiempo/espacio”, que nos inmovilizan. En cambio, hay otros verbos a los que Austin denominó “verbos performativos”, que se dan en forma universal, mediante los cuales logramos que se lleven a cabo las acciones propuestas. El pedir, ofertar, perdonar, prometer, agradecer. A estas diferentes acciones que ejecutamos mientras nos comunicamos, Searle las llamó “actos del habla”.

Estas herramientas le sirven a la mediación para construir un puente entre un presente relativamente insatisfactorio y la visión de un futuro que resulte más promisorio.

La Ontología del Lenguaje actúa como radar y amplificador. Se introduce en los hábitos cotidianos del habla, los pone bajo la lupa, los desmenuza, los analiza y nos permite tomar conciencia de dónde se presentan las dificultades, y construir trampolines para superarlas.

Entonces dónde están los obstáculos y dificultades:

Al modo de una brújula, nos guía y orienta en un enjambre de datos, de historias y sucesos. Nos habilita a hacer distinciones que nos ayuden a impactar de una forma u otra en esta situación que se nos presenta, interrogando e interrogándonos, desenquistando conversaciones centradas en juicios hacia la apertura de conversaciones de posibilidad, o bien, en un estadio más avanzado, hacia conversaciones que nos permitan coordinar acciones.

A modo de cierre, podemos decir que en la base de sus concepciones, tanto la Ontología del Lenguaje como la mediación, comparten los mismos criterios axiológicos y buscan devolver al ser humano su protagonismo y poder en pro de una ética de la convivencia. En este sentido, la mediación puede verse altamente enriquecida al nutrirse de los aportes que brinda la Ontología del Lenguaje a través de sus conceptos, llaves para abrir caminos hacia posibilidades que antes no existían como tales para las partes en conflicto.

BIBLIOGRAFÍA

Echeverría, Rafael. Ontología del lenguaje. Santiago de Chile, Ediciones Granica, 1994.
Fried Schnitman, Dora y Schnitman, Jorge. “La resolución alternativa de conflictos: un enfoque generativo”, en AAVV Nuevos paradigmas en la resolución de conflictos. Perspectivas y prácticas, compilado por Fried Schnitman, D. y otro. Buenos Aires, Editorial Granica, 2000.
Kofman, Fred. Metamanagement. Buenos Aires, Editorial Granica, 2001.
Maturana, Humberto. El sentido de lo humano. Santiago de Chile, Editorial Hachette, 2001.
Watzlawick, P., Beavin Bavelas, J. y Jackson D.. Teoría de la comunicación humana. Barcelona, Editorial Herder, 1987.
Watzlawick, Paul. El arte de amargarse la vida. Barcelona, Editorial Herder, 9ª Edición, 2000.

NOTAS

1 Cabe aclarar que, en el presente artículo, no se usa el termino “posmoderno” dándole un sentido de vacuidad o individualismo, sino como lo nuevo, lo emergente.

2 Citando a Nietzche: “la criatura y el creador se unen en el ser humano”.

3 La Ontología del Lenguaje hace una distinción en su manera de comprender ambos conceptos. Unproblema es una situación difícil, delicada, a la cual nos vemos enfrentados. Un quiebre supone el decir “basta” a una situación de desasosiego y de insatisfacción, y percibirla como una oportunidad que nos abre nuevas posibilidades.